Dicen del abad Pierre que era la persona más respetada de Francia y la única  que se atrevía a criticar a la cara al mismísimo “President de la Republique”. Su gran obra, para asombro de muchos, tiene que ver con el reciclaje y la recuperación de  desechos, que gracias al personal de Emaús, no llegan nunca a serlo. A España, estos practicantes del ecologismo más activo llegaron en 1979 y son, tal vez, el mejor ejemplo de lo que se ha denominado economía social o solidaria, un sector emergente que ha salido reforzado de la crisis y que goza de excelente salud en nuestro país.

Sólo la Red de Redes de Economía Alternativa y Solidaria (REAS) mueve al año 379 millones de euros en España (171 millones en 2006) y, en ella, participan unas 38.000 personas (8.500 contratadas y, el resto, casi 30.000, voluntarios, con un 59% de mujeres). En 2008, al comienzo de la crisis, apenas trabajaban en esta red 9.200 personas.

Las cifras anteriores son datos del Dossier de Presentación 2017 de REAS, un proyecto en el que participan hoy 18 redes territoriales y 545 empresas y entidades. En el año 2000, en plena época de “vacas gordas”, apenas se contaban 65 entidades en REAS tras cinco años de andadura. Y, en 2006, poco antes de iniciarse la crisis, apenas contaban con 11 redes territoriales y 215 empresas.

Tal vez, el mejor exponente de este movimiento es el Mercado de la Economía Social de Madrid, “una red de producción, distribución y consumo de bienes y servicios que funciona con criterios éticos, democráticos, ecológicos y solidarios, constituida por empresas y entidades de la economía social y solidaria junto con consumidores y consumidoras individuales y colectivos”, según su propia web. En esta red, personas, empresas y asociaciones son al mismo tiempo consumidores y productores, con la ventaja añadida de comprar, muchas veces, a quien en otros casos es cliente.

Impulsados por la red REAS, este tipo de mercados sociales vienen desarrollándose con éxito en Aragón, Cataluña o el País Vasco y pretende ante todo impulsar las empresas de inserción, los productos de entidades con compromiso social, el comercio justo, los productos ecológicos y locales o las denominadas monedas sociales.

Esto último es uno de los rasgos más reconocibles de las iniciativas de economía social o economía solidaria. En el caso de Madrid, la moneda social es el “boniato” y consiste en bonos y descuentos para adquirir  productos y servicios sin “soltar euros”, aunque la mayor parte de las operaciones se costean en euros.

Otro ejemplo de la emergente economía solidaria es el Grupo Emaús, organización sin ánimo de lucro consagrada a la inserción sociolaboral de colectivos desfavorecidos. Emaús ha creado varios EkoCenter en nuestro país que son todo un modelo de economía sostenible y solidaria alrededor de los desechos. O, mejor dicho, de lo que otros consideran desechos y que gracias al trabajo de estos centros, vuelven a ser productos de uso común. Son ya clásicas las exposiciones-subastas de objetos curiosos y antiguos organizadas por los el Ekocenter de Emaús.

Allí puede encontrarse un calefactor de marca Comeca de lo más vintage, una embutidora rústica, un televisor de la marca IBERIA que luciría orgulloso en el “Cuéntame”, una ciclostatic sesentera de la marca “Gacela”, una palangana con jofaina de porcelana y hasta un recorte de prensa de 1947 que recoge la crónica de la muerte de Manolete en la plaza de Linares.